Nanas de la cebolla
Miguel Hernandez
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Alturas de Macchu Picchu
XII
Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Apegadme los cuerpos como imanes.
Acudid a mis venas y a mi boca.
Hablad por mis palabras y mi sangre.
Pablo Neruda
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Engendraremos niños
Gioconda Belli
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CANTADORA SENCILLA...
Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanes y pepitas de agraz.
Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.
Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjado el plumaje como leve capuz,
al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... y se apaga la luz.
Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanes y pepitas de agraz.
Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.
Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjado el plumaje como leve capuz,
al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... y se apaga la luz.
Jose Eustacio Rivera
Si Dios Fuera Mujer
Mario Benedetti
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OLVIDO
Al fin me has olvidado. ¡Que suave y hondo olvido!
Tras el incierto límite de nuestro oscuro ayer,
la estrella que miramos los dos ha descendido
como una dulce lágrima que se rompe al caer.
Y así de tu regazo me alejo, entristecido,
como uno que abandona su campo sin querer,
mirando que tus ojos, como el cristal herido,
prolongan la agonía de un vago atardecer.
Al fin me has olvidado. Recónditas congojas,
en medio del crepúsculo que anubla un vuelo de hojas,
callad, para que pueda pasar esta mujer.
Y escucharé más tarde, bajo la noche ciega,
posarse el pie desnudo de la que siempre llega
sobre los rastros de esa que nunca ha de volver.
Rafael maya
(1897-1980)
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OLVIDO
Al fin me has olvidado. ¡Que suave y hondo olvido!
Tras el incierto límite de nuestro oscuro ayer,
la estrella que miramos los dos ha descendido
como una dulce lágrima que se rompe al caer.
Y así de tu regazo me alejo, entristecido,
como uno que abandona su campo sin querer,
mirando que tus ojos, como el cristal herido,
prolongan la agonía de un vago atardecer.
Al fin me has olvidado. Recónditas congojas,
en medio del crepúsculo que anubla un vuelo de hojas,
callad, para que pueda pasar esta mujer.
Y escucharé más tarde, bajo la noche ciega,
posarse el pie desnudo de la que siempre llega
sobre los rastros de esa que nunca ha de volver.
Rafael maya
(1897-1980)
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